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La sonrisa de CAMILA



 

Hacía tiempo que no escribía, quizás por falta del mismo, pero realmente creo que por falta de otro elemento que a mi entender es indispensable para que salga esa parte de mí que necesita de ella para que lo haga, y es la inspiración. Sin ella no tendrían sentido muchas de las cosas que hago y a lo que me dedico actualmente. La busco constantemente y no siempre la encuentro porque la inspiración no está a la vuelta de la esquina, se necesita primero tener ilusión, se necesita tener siempre los ojos abiertos y estar atento a las señales que se nos ponen por delante y que a veces ignoramos porque no pensamos en lo que verdaderamente importa y nos llena.


La vida en la que estamos inmersos tampoco es que nos ayude demasiado, las deudas, las obligaciones, el estrés..., las circunstancias no son siempre las mejores para estar tranquilos, para escuchar esa voz interior que todos tenemos y que suele aparecer tras la ausencia de esos términos.


Se hace difícil. Pero nunca cierro esa puerta, siempre la dejo entreabierta para que entre un poco de luz, de aire y poder de nuevo mirar hacia mis adentros. No pierdo la fe ni tampoco la esperanza, porque este es el camino que tengo que seguir, aunque a veces cueste. Al menos, siempre tendré esta historia para recordar y llenarme de fuerzas cada vez que lo haga.


Os hablaba en el párrafo anterior de tener los ojos abiertos, la mente abierta, no pensar en otra cosa que no sea el presente y qué mejor manera de hacerlo que viajando y si a ello le añado mi cámara y una compañía inigualable pues tenemos todos los ingredientes para que esa inspiración que parecía perdida de nuevo aparezca. Aunque a veces venga de la manera más inesperada...


Esta historia transcurre en Ámsterdam, en una mañana de diciembre en la que hacía un frío que helaba las pestañas, a varios grados por debajo de cero.

Tras un madrugón considerable, mis amigos y yo cogimos el primer tren que salía desde Bruselas dirección a la ciudad del río Amstel. La llegada, tras salir de la estación, es una imagen que tengo en la mente difícil de olvidar: justo salía el sol y podíamos contemplar con asombro el bullicio de una ciudad repleta de gente, y con ellas, bicicletas, y entre medio de las mismas y a varios metros por encima una maraña de cables flotantes y de vías por el suelo donde a su vez transcurrían los trenes que atravesaban la ciudad. Todo ello rodeado de coches y de personas caminando. Lo que me llamó la atención de todo este lío fue la increíble parsimonia que había dentro de todo ese caos.


El sol iba saliendo cada vez más e iluminaba el río al que la ciudad debe su nombre. Mientras tanto, y tras soltar el equipaje en el hotel donde nos hospedaríamos, esperábamos a que viniese el guía que nos iba a señalar los puntos más interesantes de esa mágica ciudad, al menos, los de la parte más céntrica.


Tras una leve presentación de las personas allí reunidas, me llamaría la atención una mujer que al parecer viajaba sola por el mundo, cuya procedencia era argentina y de la que no recuerdo su nombre pues nos cruzamos pocas palabras, y como no, relacionadas con la fotografía, dando la casualidad que al día después y de la manera más inesperada, nos la volveríamos a cruzar. Cosas de la vida.


Una vez comenzó la excursión con mi cámara preparada y lista para capturar momentos que mañana serán recuerdos que solo existirán en nuestra memoria, me puse manos a la obra. Aprovechaba los trayectos que separaban los puntos donde el guía nos paraba para ir sacando fotos, pero no apretando el botón sin sentido como hacen los típicos turistas y aquellos que capturan monumentos, cosa que nunca he entendido, pues esas fotos jamás se volverán a ver. En cambio, me fijaba en las personas, en sus rostros, sus expresiones, sus maneras de comportarse y de ver lo que hacen, miradas, gestos...


Así, entre las preciosas calles de Ámsterdam, que parecen sacadas de un cuento, con casas inclinadas, altas y estrechas, siempre rodeadas de agua en sus canales, íbamos adentrándonos cada vez más hacia su interior.


Pero no sería hasta casi al final del trayecto, tras escuchar una historia espeluznante que ocurrió allá por los años cuarenta en tiempos de guerra relacionada con los judíos, el holocausto y Audrey Hepburn, de la que desconocía que pasó un año entero metida en un sótano sin apenas comer nada al refugio de los nazis, cuando pasó la historia que titula este post.


Íbamos de camino hacia el último punto del trayecto por el que a través del cual teníamos que cruzar uno de los numerosos puentes que atraviesan Ámsterdam, y justo ahí, atravesando el puente mientras caminaba, giré mi cabeza hacia una persona que estaba ahí sentada, con una mantita en las piernas y un acordeón en sus manos. A medida que me acercaba, se cruzaron nuestras miradas y ella, a su vez, me lanzó una sonrisa que jamás olvidaré, porque me transmitió ternura, bondad, calor, alegría y una serie de sentimientos tan positivos que me dejaron atónitos dadas las circunstancias. Mientras caminaba pensando en el reflejo que causó en mí su rostro, sonaba una canción navideña, la famosa Jingle Bell, cuyo sonido provenía del acordeón de aquella mujer que lo tocaba a cambio de unas monedas.


Es eso justamente lo que buscaba, la luz de su sonrisa, y el único modo de transmitirlo era con mi cámara, pero claro, íbamos en grupo, no podía entretenerme demasiado y además, tampoco es de buen gusto coger y acercarme a una persona en ese contexto a echarle una foto, porque ante todo el respeto es primordial, tenía que primero pedirle permiso, qué menos. Así que seguí.


Mi cabeza no paraba de darle vueltas, su sonrisa había calado en mi ser, sabía que detrás se escondía algo, todos esos sentimientos transmitidos tenía que atraparlos con mi cámara, pero cómo. Ahí es donde entra la magia de la fotografía. Permite conocer a las personas, acercarte, observarlas, es como entrar en otro mundo y verlo en primera persona, permite empatizar, permite capturar su alma. Sé que eso es posible porque voy teniendo experiencia y profundizo hasta dónde puede llegar la fotografía. Solo tenía que esperar y confiar en que allí permaneciera sentada.


Y así fue. Tal y como salimos de la quesería, último punto del recorrido, no pensé en otra cosa que dirigirme hasta ese puente y verla de nuevo. Se lo dije a mis amigos y fuimos en su búsqueda. Allí estaba. No dudé. Me acerqué y chapurreando un poco mi inglés le dije: Sorry, ¿can i take a photo?, a lo que ella me respondió en perfecto español: "Sí, por supuesto, puedes tomarla". Al principio, me sorprendió su respuesta en castellano, pero me lancé directamente a tomar la foto, emocionado, puesto que sentí desde el momento en que me miró que era algo que tenía que hacer.


Emocionado, como digo, y con ello, sin pensar, le enseñé la foto que le había tomado pensando que le gustaría: "Dios mío, cómo he podido acabar así..." Fue su respuesta, triste y apagada.

Lamentando mi inoportunismo y mi torpeza por actuar antes de pensar, y aunque fuese con buena intención, no supe que a nadie le gusta verse así... Sus palabras fueron tan tristes que me sentí mal. Apagué mi cámara y comencé una breve pero profunda conversación con ella que jamás olvidaré:


- ¿Cómo te llamas? Le pregunté.

- Camila, ¿ y cuál es tu nombre?

- Iván, encantado de conocerte Camila. ¿De dónde eres, cómo es que hablas tan bien español?

- Soy rumana. Estuve casada con un hombre de Uruguay, con el que tuve dos hijos. Él se fue, y ahora mis niños están en Rumanía, con mis padres, pero están bien y sanos, es lo único que me importa. Todo lo demás es secundario.

- ¿Y cómo es que estás aquí y tus niños allí?

- Pues porque no tenemos dinero. De donde vengo no hay trabajo, solo miseria, mis padres tienen lo justo para alimentar a mis niños y yo estoy aquí buscándome la vida y enviando lo poquito que tengo cada vez que puedo.

- ¿Y cómo lo llevas?

- Pues bien, yo soy feliz, Dios está conmigo, yo lo sé. Dios está aquí y ahora con nosotros, lo percibo en mi ser. Tengo a mis niños, ellos están sanos, eso es lo primero. No importa si estoy en la calle, no importa si paso frío porque Dios me da las fuerzas para resistirlo todo. Yo confío en Él. Tengo esperanza y tengo fe. No necesito más que eso. Al final, el rico muere y su dinero con él, pero el amor siempre permanece. El amor es el camino a seguir y lo que le da sentido a todo. El amor y la salud son las cosas más importantes que tenemos en esta vida y que nunca tenemos que olvidar. Tenemos que andar en su búsqueda. Dios está en todo y en todos. Está en todas partes. Solo hay que confiar en su bondad.


Me dijo mientras sonreía...

Tengo que reconocer que aquello me dejó tocado, porque era verdad. En su rostro se reflejaba la verdad en sus palabras. No dudo por un momento que lo que Camila me estaba diciendo era real. En sus ojos podía verlo. Ella estaba tranquila y segura de lo que me decía, confiaba y tenía fe en que todo estaba bien mientras Dios estuviese con ella.


- Pues sí. Teniendo fe las cosas salen adelante.

- Confía en tu espíritu Iván, él te guiará.

- Encantado de haberte conocido Camila. Te haré caso.

- Igualmente Iván, cuídate.


No sin antes vaciar mi cartera sobre el cuenco de madera que tenía colocado delante de sus pies, le tendí mi mano, ella me tendió la suya y cada uno siguió su camino.


Tengo ese momento como uno de los más especiales que he pasado, y todo ello se lo debo a mi cámara, sin ella, quizás no habría "visto" a Camila, porque ver es una cosa y mirar es otra. Vemos todo lo que miramos, pero no miramos todo lo que vemos.

La fotografía me ha hecho ver el mundo de otra manera que no es otra que la de poder expresar de la forma más precisa mi yo interior. Es el instrumento a través del cual puedo atrapar esa mirada, ese gesto, esa expresión y convertirla en algo eterno.


La de Camila, además de en la foto que podéis ver, la tengo guardada en mi corazón como una lección de vida, de humildad, de sencillez, de fuerza y esperanza de que ante todo pronóstico, y aunque las cosas no vayan como queramos, si tenemos salud y damos amor, como hizo Camila a través de su sonrisa, no hace falta otra cosa, aunque las adversidades de la vida estén ahí, teniendo que lidiar con ellas, pero sabiendo el camino a seguir y confiando en que así sea.


Muchas veces nos preocupamos demasiado por los problemas que tenemos en nuestro día a día cuando en realidad, y después de ver estos ejemplos, nos damos cuenta que nuestros problemas se convierten en nada al lado de estas cosas, y que forman parte de nuestra vida, nos guste o no, siendo la mejor manera de afrontarlos pensando en eso que me dijo Camila: "... El amor es el camino a seguir y lo que le da sentido a todo..." Y no hay más que eso.


Camila, si algún día lees esto, que sepas que tu espíritu estará conmigo, siempre.

Feliz Navidad a todos.



Fotografía tomada por mi amigo Samuel Márquez mientras sucedía la conversación con Camila en Ámsterdam.

 

@ivandelprestamo








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